Hombre araña

La vidriera de la juguetería me sorprende con una innumerable cantidad de chiches de todo tamaño y color. La verdad, me deprime un poco tanta oferta. ¿Por qué nací treinta años antes? ¿Mis papás me hubieran comprado estos autitos a batería que prometen llevarme de un lado al otro del living a veinte kilómetros por hora?

Yo ya tengo decidido qué comprarle a Lucas. Tres años, le digo a la vendedora cuando me pregunta la edad del varoncito. Me gustaría ver esos ladrillitos para armar, algo didáctico, algo piola, le aclaro para no entrar en el interminable catálogo. Ya me quiero ir.

Rubia, ojos grises -como de gato-, grandota y una apariencia triste, la vendedora podría venderme una muñeca, una batería de cocina o una valijita para jugar al doctor. Sí, quiero, le diria sin dudar, sólo para no contradecirla. Da miedo.

Me muestra los ladrillos. Son coloridos, todos del mismo tamaño, envueltos en una bolsa transparente y poco llamativa. Muevo la bolsa, leo las instrucciones, hago como si entendiera del asunto y digo:

-Esto les encanta a los chicos, ¿no?

La vendedora arquea las cejas. Dice:

-Y… Hoy lo que más sale es el muñeco del Hombre Araña. Tiene doce articulaciones, se para sobre sus manos, es irrompible, se puede sumergir y si también comprás el auto oficial del Hombre Araña te llevás gratis el traje negro del Hombre Araña. Todo con garantía, claro.

Le pregunto el precio del combo arácnido y vuelvo a los ladrillos. Toco la bolsa, la levanto, la pongo a la altura de mis ojos, la analizo. No hay mucho por mirar, pero…

-¿Soldaditos tenés?

La vendedora dice que no, pero me ofrece unos muñecos de guerra articulados de unos veinticinco centímetros de alto.

-Estos traen una ametralladora que se puede colgar del hombro, ¿ves?

Lucas se va a asustar, pienso. Le digo que quiero dar unas vueltas antes de decidirme. La juguetería es un supermercado, hay tres largos pasillos con góndolas a cada lado: el de la izquierda con juguetes para bebés, el del medio para varones, el de la derecha para nenas. Camino por el del medio, mirando todo pero sin ver nada. Voy y vengo, vuelvo y regreso. De pronto, las veo: unas cajas enorme reposan en lo más alto de un estante. En el frente tienen fotos de paisajes, de autos, de fotos familiares. La vendedora se acerca y aprovecho para señalar los rompecabezas.

-Es para nenes de ocho años en adelante…

Ah, claro, le digo y sonrío, la miro en busca de una complicidad que no encuentro. Me siento un idiota. Pienso otra vez en los ladrillos y en la cara de decepción que pondría Lucas al recibirlos. Pienso, también, en que es más fácil decidir un regalo para un adulto: un libro, una remera, un anillo, unas bermudas. Cualquier cosa lo podés cambiar, le diría al homenajeado. Y cualquier cosa, lo cambiará. A un chico, en cambio, hay que dejarlo contento en el momento. Una mala elección significa tristeza, bronca, capricho, todo lo que un nene es capaz de devolver en segundos.

La vendedora ya me mira con impaciencia. Seguro que piensa que me voy a ir sin comprar nada. Pero voy a comprar. Y voy a comprar al Hombre Araña con todos sus agregados. Vuelvo a preguntar el precio y si hay algún descuento en efectivo, con tarjeta de débito o, por casualidad, por una promoción de mi banco. Me dice que no a todo, siempre con su cara triste.

Pago con tarjeta, en tres cuotas con interés. Es el regalo más caro que compré en mi vida, pienso. Salgo a la calle, me tomo un taxi. Pienso en los ladrillos, en lo feliz que sería yo si me los regalaran hoy, sí, hoy, a los 31 años.

Al llegar al salón me doy cuenta de que todavía es temprano. Igual toco el timbre, y Mónica me abre sin apuro, con alegría.

-Lucas está allá.

Me señala el fondo el salón, adonde Lucas recibe los besos y regalos de las tías de Mónica, tres solteronas sin remedio ni enfermedad que acabe con su soltería. Al verme, Lucas se escapa de esos abrazos y corre a mi encuentro.

-¡Papi!

Lucas me abraza, me da un beso. Lo levanto, lo beso, lo abrazo, lo beso de nuevo. Lo bajo. Le doy el regalo.

-Mirá lo que te compró papá…

Lucas abre la bolsa, saca la caja. Despedaza el papel de regalo y al ver al Hombre Araña se convierte en el nene más feliz del mundo. Toca la caja, la levanta, la pone a la altura de sus ojos y sonríe. Hay mucho por mirar, pero Lucas deja la caja en el suelo y vuelve a darme un abrazo. Es el regalo más lindo y me lo hizo él en su cumpleaños.